por Pipo Fisherman 29-12-25
En el reciente reportaje navideño otorgado a su comunicadora favorita, el intendente Lisandro Matzkin abrazó una de esas frases genéricas que cruzan política y fantasía con la misma naturalidad con que otros mezclan café y agua tibia: “Con los salarios municipales le ganamos a la inflación por 20 puntos”.
La frase puede sonar contundente en un reportaje distendido, rodeado de luces navideñas y preguntas amables. El problema es que la afirmación, tal como se la presenta, omite lo esencial: cómo se calculó esa supuesta victoria. Porque no es lo mismo ajustar salarios acompañando la inflación real de cada mes que aplicar índices oficiales sobre sueldos de meses anteriores, con bases que se van corriendo hacia atrás y licuando el impacto del aumento. En los papeles, los porcentajes cierran; en el bolsillo, no tanto. Y cuando, aun después de esos “incrementos históricos”, hay trabajadores que no alcanzan ni la mitad de una canasta básica, la épica del triunfo salarial empieza a parecerse más a un ejercicio de retórica que a una descripción honesta de la realidad.
Según el acta firmada con los gremios —entre ellos FESIMUBO, UPCN y el Sindicato de Trabajadores Municipales— el esquema de recomposición salarial fue diseñado sobre la base de varias cláusulas que, en apariencia, obedecen a la lógica de “seguir la inflación”. En la práctica, sin embargo, esa lógica tiene más trampas que certezas: primero hubo una suma fija permanente (100.000 pesos al básico) y antes otra suma no remunerativa abonada de inmediato. Luego se establecieron ajustes por inflación mes a mes, pero con distintas bases de cálculo para cada uno: para algunos meses se usa el mes de enero como base de comparación; para otros, marzo, mayo o junio; y para otros, ya directamente septiembre de 2025.
Eso significa, dicho sin eufemismos, que los aumentos no se aplicaron de forma uniforme ni lineal ante el avance de precios, sino de manera escalonada y remanente, arrastrando bases antiguas para computar los porcentajes. Un truco habitual en muchos acuerdos: hace parecer que el incremento “acompaña” la inflación, cuando en realidad no refleja una actualización directa mes a mes con la variación de precios vigente de cada periodo.
Para explicar esto que en palabras suena técnico pero en los hechos es muy concreto: tomar como base de cálculo sueldos de enero y aplicar inflación acumulada de marzo o abril no es lo mismo que actualizar el salario en tiempo real conforme suben los precios ese mismo mes. Y es justamente esa diferencia entre lo pactado y lo vivido la que nos llevará, en el próximo párrafo, a confrontar con los números de inflación del INDEC y mostrar por qué la famosa frase de “ganarle por 20 puntos” no resiste un análisis más riguroso.
Cuando a la inflación “se le gana”… sobre sueldos viejos.
Para entender por qué la frase “los sueldos municipales le ganaron a la inflación por más de 20 puntos” es, como mínimo, engañosa, alcanza con mirar dos o tres casos testigo tomados de la tabla de básicos de enero 2025 y cruzarlos con la forma en que se aplicaron los aumentos (como la idea no es exponer al ya castigado empleado, omitimos cifras concretas, las cuales, obviamente, obran en nuestro poder).
Primer ejemplo: categoría baja.
Un trabajador municipal de las categorías iniciales partía en enero de 2025 de un básico que ya estaba muy por debajo de la canasta básica. En marzo recibió una suma fija remunerativa que, una vez aplicados los descuentos de ley, no llegó en promedio ni al 4 % real del salario de bolsillo. Luego, en abril y mayo, se “ajustó por inflación”, sí… pero sobre el básico de enero, no sobre el salario actualizado. Es decir: mientras los precios subían mes a mes sobre la economía real, el aumento salarial corría detrás, calculado sobre un sueldo viejo.
Segundo ejemplo: categoría intermedia.
En este caso, el mecanismo es todavía más evidente. La inflación de junio y julio se aplicó sobre sueldos de mayo. Agosto y septiembre, sobre sueldos de junio. Octubre, noviembre y diciembre, sobre sueldos de septiembre. Traducido a lenguaje llano: cuando el trabajador empieza a “recuperar” algo, la base ya quedó atrasada. El porcentaje puede parecer correcto en el papel, pero el impacto real siempre llega tarde y recortado.
Tercer ejemplo (el dato que incomoda):
Aun aceptando como válidos todos esos cálculos optimistas, hay empleados municipales que, después de los aumentos “históricos” que el Ejecutivo celebra, no alcanzan ni la mitad del valor de la canasta básica total. Es decir, incluso ganándole a la inflación en el relato, siguen perdiendo contra la realidad.
Ahí está el corazón de la falacia: no se le “ganó” a la inflación, se la corrió con ventaja, aplicando índices oficiales sobre salarios desactualizados, con el aval entusiasta de sindicatos que firmaron lo que había, y con un Ejecutivo que ahora exhibe porcentajes sin explicar cómo se construyeron.
Porque cuando el aumento se calcula siempre mirando para atrás, el único que gana seguro es el discurso. El sueldo, no.
Y todo esto, sin olvidar mencionar los sueldos de los funcionarios, que también fueron actualizados, y van desde los 2,5 a los casi 7 millones de pesos (lejos de cualquier angustia inflacionaria, como es imaginable).
Equilibrio, superávit y otras palabras amables
En la columna anterior —esa que generó algunas molestias en un sector opositor que todavía confunde opinión con sentencia— ya habíamos señalado la curiosa insistencia del Ejecutivo en hablar de equilibrio financiero mientras, puertas adentro, circulaban mensajes que admitían déficits mensuales y dificultades concretas para afrontar compromisos básicos. En el reciente reportaje, el Intendente volvió sobre ese mismo libreto, con mínimas variaciones: ya no se habla con tanto énfasis de superávit, ahora se elige la palabra equilibrio, mucho más elegante, más técnica y, sobre todo, más elástica.
La administración municipal es presentada una vez más como modelo de prolijidad, transparencia y eficiencia, respaldada —según se insiste— por organismos supervisores que otorgan puntajes sobresalientes. El detalle que suele omitirse es bastante menos glamoroso: esos reconocimientos se basan, en su mayoría, en cumplimientos formales, en mostrar lo que la ley obliga a mostrar, no en explicar lo que se decide no contar. Transparencia, en ese esquema, termina siendo sinónimo de subir planillas y balances, aunque los números se acomoden con fórceps y las tensiones reales del día a día queden cuidadosamente fuera de cuadro.
Porque administrar no es sólo exhibir cuadros prolijos, sino dar cuenta de las contradicciones: cómo se pasa del superávit celebrado al equilibrio defensivo; cómo se habla de orden fiscal mientras se pide prudencia extrema a funcionarios intermedios; cómo se repite el mantra de la eficiencia mientras se evita explicar por qué, cada tanto, la caja empieza a crujir. A esta altura, más que una forma de administrar, parece una forma de narrar la administración: mostrar lo que conviene, suavizar lo que incomoda y confiar en que el resto pase inadvertido.
Ajuste para abajo, gatillo para arriba
Al relato del equilibrio fiscal y la administración virtuosa hay que sumarle un dato que suele pasar con menor estruendo, pero con impacto directo en el bolsillo de los vecinos: el nuevo aumento anual de tasas del 10 %, aprobado una vez más con cláusulas gatillo indexadas por inflación. Es decir, mientras se celebra haberle “ganado” a la inflación en materia salarial —cosa que ya vimos cómo se construye— el Municipio se reserva la potestad de ajustar automáticamente lo que cobra, siguiendo exactamente el índice que dice haber derrotado. Y lo hace, además, con una particularidad nada menor: esas actualizaciones quedan habilitadas sin necesidad de volver a pasar por el Honorable Concejo Deliberante, esa Escribanía ampliada que, paradójicamente, ni siquiera hace falta consultar cuando se trata de aumentar la presión fiscal.
A eso puede agregarse la nueva falacia conocida por estos días, acerca de la eliminación de "cientos de Tasas", cuando en realidad, se trató de un regrupamiento de las Tasas ya existentes.Mientras, vemos a diario que la ciudad permanece a oscuras casi hasta las 21Hs. y quienes viven en calles de tierra sufren la casi nula visibilidad en días ventosos, sumado a las incomodidaders generadas en los hogares y el riesgo permanente por circular envueltos en la polvareda. Ambos hechos generados, seguramente, para ahorrar. Lo que se dice, alta sensibilidad pública.
El esquema es tan prolijo como asimétrico: para los trabajadores municipales, aumentos escalonados, con bases atrasadas y cálculos cuidadosamente dosificados; para los contribuyentes, indexación directa y automática. Para unos, prudencia y equilibrio; para otros, gatillo libre. Y así, el famoso orden fiscal termina revelando su verdadera lógica: el ajuste nunca desaparece, sólo cambia de destinatario.
Seguridad: cuando el discurso corre más rápido que la realidad
En materia de seguridad, el Intendente también pareció sentir la necesidad de endurecer el tono, acaso para sintonizar mejor con la nueva frecuencia libertaria a la que decidió subirse. En la nota —y con mayor claridad aún en el audio— deslizó conceptos que hasta hace poco eran ajenos a su repertorio: habló de bajar la edad de imputabilidad, y aunque en el texto figure “14”, lo que se escucha sin demasiadas dudas es 12 años. Una marca que ni siquiera Patricia Bullrich, experta en sobreactuaciones punitivistas, se animó a defender tan explícitamente. El problema no es sólo el exceso retórico, sino la liviandad con la que se lanza una consigna tan delicada, sin contexto, sin análisis y sin hacerse cargo de lo que implica convertir a niños en solución simbólica de problemas estructurales.
Ese corrimiento discursivo tuvo su corolario en un episodio tan oportunista como desafortunado: su intervención en la polémica de Coronel Suárez, donde pidió públicamente el traslado de un efectivo policial a Pringles, en un gesto más cercano a la tribuna que a la gestión responsable. El detalle que pareció pasarle inadvertido —o que prefirió ignorar— es que el mismo efectivo estaba siendo investigado por Asuntos Internos por múltiples faltas graves. Así, en el afán de mostrarse firme, terminó quedando expuesto a algo peor: la improvisación. Porque cuando la seguridad se reduce a frases duras y gestos grandilocuentes, lo único que se fortalece no es el orden, sino el aplauso fácil.
El relato ordena, la realidad desordena
Salarios que “le ganan” a la inflación en los papeles pero no en el bolsillo; equilibrio fiscal celebrado mientras se piden ajustes internos; tasas que suben solas, con gatillo automático y sin molestas instancias deliberativas; un discurso de seguridad cada vez más áspero, pensado más para agradar a nuevos aliados que para resolver problemas reales. Todo convive en una narrativa cuidadosamente construida, prolija, persistente, y cada vez más distante de aquello que intenta describir.
No se trata de negar los esfuerzos de gestión ni de desconocer que administrar un municipio tiene complejidades evidentes. Se trata, más bien, de advertir que cuando el discurso empieza a endurecerse, a repetirse y a cerrarse sobre sí mismo, suele ser una señal de alerta. Porque el relato puede ordenar cifras, justificar decisiones y repartir certificaciones de transparencia; pero hay algo que no admite demasiados maquillajes: la experiencia cotidiana de quienes cobran, pagan, trabajan y viven en esta ciudad.
Quizás por eso la Escribanía del Ejecutivo se amplía, se moderniza y se vuelve cada vez más eficiente. No para debatir, no para revisar, no para corregir rumbos, sino para acompañar sin ruido. Y mientras tanto, el relato sigue su curso, cada vez más seguro de sí mismo, cada vez más convencido de que alcanza con decirlo. El problema, como casi siempre, es que la realidad —esa terca costumbre— suele tener otros números, otros sonidos y, sobre todo, otra memoria.
En memoria de J."P".L